Viernes 24 de abril del 2009. Día rutinario y gris con una mancha púrpura.

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El viernes me levanté a las diez de la mañana. Hice hot cakes, desayuné, limpié la casa, me bañé, chequé mi correo electrónico y leí un poema de Lewis Carroll. Lavé los platos, recordé a mi exnovio, pensé en el tedio que me ha causado ir a la escuela las seis últimas semanas, le di un beso a mi hermano y salí de mi casa.

Caminé por un terreno desierto que sólo deja a la vista la carretera, la parte trasera de mi casa y la azulada sierra Zapalinamé. Sobre la sierra recordé una frase de la fanática religiosa amiga de mamá: "Vean las grandezas de Dios Nuestro Señor". En ese momento pensé en la ironía que me envolvía: un ser diminuto disolviéndose sin razón de ser en en el todo.

Seguí caminando, crucé el puente, vi la escuela y llegué a la esquina de una papelería nombrada "A-la goma", juego de palabras que indirectamente me dio una patada en el trasero. Esperé uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez minutos y pronto, por la vertiente vi descender el camión amarillo. Levanté mi brazo derecho seguido de mi dedo índice y el camión se detuvo. Por las ventanas se asomaban aproximadamente seis rostros curiosos. Subí y pagué $5.50 (hace 15 años pagaba $1.50) por transportarme a cualquier lugar por el cual pasase el rutinario móvil. Después avancé y vi cerca de quince seres sentados y cada par de ojos dirigiéndose hacia a mí. Esa terrible situación años tras año me ha incomodado, pero es parte del plan de las personas que no tienen carro propio. No voltee más y caminé hasta el asiento en el rincón del camión y me senté. Abrí la ventanilla y comencé a ver la película de todos los días: La ferretera, la carretera peligrosa, la casa color turquesa, las palmas en el pabellón, el hotel de cinco estrellas, los hombres trabajando , la aglomeración de carros, los guardianes estatuarios del gobierno de la gente con su mecanismo de máquina tragamonedas, la construcción de puentes, más camiones amarillos, un antro gay, la legendaria estatua del indio, un acueducto moderno, un bar de mala muerte, una gasolinera adornada con animales de granja y hombres ansiosos en el crucero esperando atrapar un carro para lavarlo a fuerza y recibir hasta 10 centavos por el servicio de lavado.

Esta vez también puse atención al interior del camión y me percaté de que el chofer siempre veía por el espejo retrovisor el trasero de las nuevas pasajeras a bordo. En este viaje las personas no hablaban, supuse que era por la pesadez que provoca la tarde: el sueño, el cansancio o sólo la ansiedad de llegar a su destino. Yo iba a la escuela, pero decidí no ir y pasarme hasta al centro. Bajé del camión y di las gracias.

Caminé por el centro, vi el escorpión que publiqué en el post anterior de este blog, compré mangos, entré a un bazar y encontré que vendían una tortuga de dos años con joroba en su caparazón. Lástima que no traía dinero para comprarla y así adoptar la vida de aquel bonito ser. Tan sólo costaba $100.00 y creo que menos, pues incluía camarones, bolitas de camaron, el agua, y un sartén tupperware para guardarla ahi cual pescado al mojo de ajo. Y como no podía faltar, también fui a la plaza de armas pero no a ver palomas, la catedral o el palacio de gobierno, sino a las mujeres indígenas que hablan náhuatl y venden polvorones, pelotitas con rafia y nicotina para morir.

Ya era tarde y decidí regresar a mi casa. Nuevamente tendría que tomar el camión y hacer el recorrido aproximado a una hora. Fui a la entrada del mercadito "quemado" y esperé el camión. La gente se movía impaciente. Al ver venir el camión todos corrían y caminaban a la misma dirección siguiendo el camión para entrar primero que nadie y ganar lugar. Yo antes hacía eso, pero después de darme cuenta que siempre alcanzaba lugar dejé de hacerlo. Subí y pronto un hombre con aspecto desaliñado se sentó a mi lado. Abrí la ventanilla nuevamente y no para ver lo que había afuera, sino porque el hombre olía a sudor y desconocidos olores que no me recordaban nada bueno.

El camión estaba lleno, la gente hablaba y las voces se confundían. Todos se adaptaban a los movimientos toscos del camión y los senos de todas las mujeres a bordo rebotaban, no es una observación vulgar, simplemente es algo que siempre se ve en un camión en movimiento y quisiera agregar también que cuando subes a los asientos finales es aún más doloroso padecer esos rebotes del camión, pues la parte final del camión es más ligera y rebota con más fuerza.

Por la ventana sólo se distinguían las luces de los carros, de las casas y de las lámparas, así que no había mucho que ver afuera, aunque esta vez sí había qué escuchar y ver dentro del camión. Un niño llorando, un novio besando a su novia y viendo otra mujer, un señor de aproximadamente 55 años utilizando la nueva tecnología de manos-libres y hablando a un tono en el que todos los pasajeros pudieramos escucharlo y saber que él era achichincle de un buffet de abogados. También había señoras ligeramente encabronadas, pues el chofer del camión casi las obligaba a empalmarse como gallinas exportadas al final del camión para hacer caber a más pasajeros. Se veìa un chofer estresado y cansado y detrás de mì dos mujeres que tenían tiempo sin verse y chismeaban sobre lo más sobresaliente y morboso que había ocurrido en sus familias.
Mmm... ¿Morboso? Sì. Una de ellas comentó que su sobrina de nueve años ya tenía novio y siempre que salía de paseo con èl llegaba a su casa con huellas de "amor" sobre el cuello y por esa incòmoda situaciòn habían pensado seriamente en llevarla a un internado para que se reformara. Se me hizo extraño que una niña de nueve años siga sus instintos a tan temprana edad, siendo que yo lo descubrí hasta los veinte años (Me dormì en mis laureles). ¡Fuck! y pensar que yo esperé a descubrir los placeres carnales a los 20 años, para desembocar en algo tan simple, natural y de poco impacto. Los patrones de las masas sociales siempre me provocan hacer corajes. Alto. Ese tema aquí no tiene sentido.

En el camión se escuchaba todo tipo de pláticas, pero ninguna como la que resonaba en mi cabeza. Me bajé del camión y caminé una escuadra a oscuras pensando en la niña de nueve años increíblemente apasionada. Llegué a mi casa donde todos estaban cenando. Entré y sólo me dijeron: ¡Hola, no alcanzaste cena! (frase de costumbre), sólo contesté que no tenía hambre. Me bañé y me senté a ver la película en la que una joven que no sabía qué hacer con su vida salía de su casa y tomaba un autobús para huir y bajar donde éste la dejara. Yo sólo vi atenta y pensé qué haría yo si hiciera eso. Tomaría la ruta Mirasierra y me bajaría en en el centro, entraría a un museo y me arrojaría a los cajones del corazón roto de casa Purcell.

No importa lo que piense ni como me sienta ni a quien extrañe, sólo apagué la televisión, apagué la luz, cerré mis ojos y me eché a dormir.

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