La tregua - Mario Benedetti

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relativo a ti, a mí, a nosotros...


-Un tipo triste que, sin embargo, tuvo, tiene y tendrá vocación de alegría, un distraído a quien no le importa por dónde corra la pluma ni qué cosas escribe la tinta azul que a los ocho meses quedará negra.

-Porque ya he aprendido que mis estados de preestallido no siempre conducen al estallido. A veces terminan en una lúcida humillación, en una aceptación irremediable de las circunstancias y sus diversas y agraviantes presiones.

-Donde ella esté, si es que está, ¿qué recuerdo tendrá de mí? En definitiva, ¿importa algo la memoria? -A veces me siento desdichada nada más de no saber qué es lo que estoy echando de menos-.

-Cuando una mujer llora frente a mí, me vuelvo indefenso y, además, torpe. Me desespero, no sé cómo remediarlo. Esta vez seguí un impulso natural, me levanté, me acerqué a ella y empecé a acariciarle la cabeza, sin pronunciar palabra.

-Yo mismo me siento a veces infeliz sin motivo concreto.

-Tengo la horrible sensación de que pasa el tiempo y n hago nada, y nada acontece, y nada me conmueve hasta la raíz.

-Si me va a hablar, decídase.

-¿Porqué las palmas de mis manos tienen una memoria más fiel que mi memoria?

-Sigo sin averiguar que es lo que me atrae de Avellaneda. Hoy la estuve estudiando. Se mueve bien, se recoge armoniosamente el pelo, sobre las mejillas tiene una leve pelusa, como de durazno. ¿Qué hará con el novio? O mejor ¿qué hará el novio con ella?¿Jugarán a la parejita decente o se calentarán como cualquier hijo de vecino? Pregunta clave para un servidor: ¿Envidia?

-¡Cómo comemos, Dios mío! En la alegría, en el dolor, en el asombro, en el desaliento.

-Con él mi ritmo respiratorio se alegraba.

-Me siento nervioso.

-Todo el mecanismo de mis sentimientos.

-Cuando hacíamos el amor, parecía que cada duro hueso mío se correspondía con un blando hueco de ella, que cada impulso mío se hallaba matemáticamente con su eco receptor.

-Lo esencial es que ella se sienta protegida.

-Lo único que no engaña (así, como rasgo aislado)es la mirada.

-Creí que el corazón se había instalado en mis sientes.

-Mi pretensión, aparte de la muy explicable de sentirme feliz o lo más aproximado a eso, es tratar de que usted también lo sea. Y eso es lo difícil.

-Lo que yo más quiero ahora no es pensar en mí sino en usted.

-Lo nuestro. Lo nuestro es ese indefinido vínculo que ahora nos une.

-Me gustan sus labios, quiero decir el gusto, el modo como se hunden, como se entreabren, como se escapan.

-Era ese llanto que sobreviene cuando uno se siente opacamente desgraciado. Cuando alguien se siente brillantemente desgraciado, entonces sí vale la pena llorar con acompañamiento de temblores, convulsiones, y, sobre todo, con público. Pero, cuando además de desgraciado uno se siente opaco, cuando no queda sitio para la rebeldía, el sacrificio o la heroicidad, entonces hay que llorar sin ruido, porque nadie puede ayudar y porque uno tiene conciencia de que eso pasa y al final se retoma el equilibrio, la normalidad.

-Cuando llegué me recibió alegremente, sin inhibiciones, otra vez con un beso. Comimos. Hablamos. Reímos. Hicimos el amor. Todo estuvo tan bien, que no vale la pena escribirlo. Estoy rezando: ¡Que dure!, y para presionar a Dios voy a tocar madera sin patas.

-Estoy feliz de que todo haya pasado.

-Compramos algún libro, algún disco, pero más que cualquier otra cosa nos entretiene hablar, hablar de nosotros, referirnos a toda esa zona de nuestras vidas que está antes de Lo Nuestro.

-¡Con qué felicidad condenan a las mujeres! Mire, yo le puedo asegurar que cuando una mujer se pierde, siempre hay un hombre ruin, cretino, denigrante, que primero le hizo perder la fe en sí misma.

-Cuando uno permanece mucho tiempo solo, cuando pasan años y años sin que el diálogo vivificante y buceador lo estimule a llevar esa modesta civilización del alma que se llama lucidez hasta las zonas más intrincadas del instinto, hasta esas tierras realmente vírgenes, inexploradas, de los deseos, de los sentimientos, de las repulsiones, cuando esa soledad se convierte en rutina, uno va perdiendo inexorablemente la capacidad de sentirse sacudido, de sentirse vivir.


-Avellaneda lejos de mí, Avellaneda viviendo por su cuenta. La horrible sensación proviene quizá de que ésta es la primera vez que entreveo conscientemente la posibilidad de que Avellaneda pueda existir, desenvolverse y reír, sin que mi amparo (no digamos mi amor) sea imprescindible.

-Nada me fascinaría tanto como la Gente, como ver pasar a la Gente y escudriñar sus rostros, reconocer aquí y allá gestos de felicidad y de amargura, ver cómo se precipitan hacia sus destinos, en insaciada turbulencia, con espléndido apuro, y darme cuenta de cómo avanzan, incoscientes de su brevedad, de su insignificancia, de su vida sin reservas, sin sentirse jamás acorralados, sin admitir que están acorralados.

-Lo cierto es que tenía una habilidad especial para herirme.

-A lo mejor él hería simplemente porque vos estabas siempre esperando que él te hiriese. Vivir eternamente a la defensiva no es, con toda seguridad, el método más eficaz para mejorar.

-Hoy sí empecé a extrañarla.

-Más que todos los argumentos que yo mismo me había venido haciendo, más que todas las conversaciones con ella, más que todo eso lo que vale es esta ausencia. Qué acostumbrado estoy a ella, a su presencia.

-Cuando moví mis labios para decir: ¡Murió! Entonces vi mi inmunda soledad.

-Ella había empezado a entrar en mí, a convertirse en mí, como un río que se mezcla demasiado con el mar y al fin se vuelve salado como el mar.

-No quise verla muerta, era una indecorasa desventaja. Que yo la viera y ella no. Que yo la tocara y ella no. Que yo viviera y ella no.

-Ellos están fuera. Fuera de ese mundo en que estuvimos Avellaneda y yo.

-Así estamos, cada uno en su orilla, sin odiarnos, sin amarnos, ajenos.

-Me atraían sus ojos, su voz, su boca, sus manos, su risa, su cansancio, su llanto, su franqueza, su confianza, su ternura, su sueños, sus suspiros.

-No está, no estará nunca ´más.

-Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.

-Simplemente se fue, de mi vida, sobre todo de mi vida. Es peor esa muerte, se lo aseguro. Porque fui yo quien pidio que se fuera, y hasta ahora nunca me lo perdoné. Es peor esa muerte, porque uno queda aprisionada en el propio pasado, destruida por el propio sacrificio.

-Me asusta un poco, ¿sabe? sentirme sentimental. Lo cierto es que ahora no está y yo me he quedado con esa carga en el pecho.

-Ahora me siento vencido, y cuando uno se deja vencer, se va deformando, se va convirtiendo en una grosera parodia de sí mismo.

-Cómo la necesito. Dios había sido mi más importante carencia. Pero a ella la necesito más que a Dios.

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