Sobre cómo morir
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Fantasìa y realidad
Mi hermano murió en el año 1993 por negligencia médica. Por no respetar la fecha prevista para su nacimiento el líquido amniótico invadió su pequeño cuerpo alterando cada uno de sus apenas logrados órganos. Cuando nació no podía ingerir la leche materna, no podía defecar, lloraba casi al punto de gritar y con frecuencia su piel se tornaba púrpura entre sus pequeñas venitas verdes.
Sólo tuvo la dicha de vivir cinco días sin poder articular siquiera la palabra ma-má. Su corazón había crecido el doble y su diminuto pecho era demasiado frágil para un corazón tan grande. Murió el 4 de abril sin ser bautizado y sólo fue nombrado Jesús por las enfermeras del hospital.
Sólo recuerdo que antes de entrar al panteón mamá me habló y me dijo que me acercara. El pequeño monkey, porque así solíamos llamarlo de cariño antes de su nacimiento; estaba inmóvil, con sus pequeños párpados relajados y el más relajado semblante libre de toda repulsión humana. Fuera de esa imagen casi celestial, sólo recuerdo cómo los abanicos rojos de las coronas que adornan las fosas de los muertos se arrastraban con el aire.
He pensado detenidamente en mi hermano y cada que paso por el panteón sufro al saber que parte de su cuerpo fue consumido por gusanos. Que por las noches sus huesitos tal vez tienen frío ahí, bajo la tierra, envuelto entre ropa blanca y un cajón de madera.
Cuando yo muera ni siquiera quiero estar en un cajón. No importa cómo muera, porque todas las formas de morir son crueles y no precisamente porque nuestro espíritu se despoje de materia, sino porque la pérdida y la aproximación del olvido y del recuerdo están ahí.
Si mi espiritu llegara a ser tangible me gustaria que lo tomaran con delicadeza y le hablarán como si fuera un pequeño niño, que lo hagan sentir protegido. Que lo envuelvan en una ligera tela y lo dejen libre entre el canto de las aves, el aroma de la tierra húmeda y la fresca resina de los pinos. Y volaré entre ellos y con ellos, respiraré su aroma y me respirarán, me alimentaré con ellos y de ellos.
No quiero que la gente abrace a mi mamá para darle el pésame por la pérdida de su hija, no quiero que mi mamá llore y repita la palabra hubiera a cada momento ni que me haga rituales religiosos y me comprometa con el hijo de Dios. Quiero que tomen mi cuerpo y lo quemen, lo tiren a la basura o a cualquier lugar donde pueda distribuirse con facilidad. No quiero ser un bulto de huesos bajo la tierra, alimento de gusanos, motivo de morbo para jóvenes curiosos y causa de lástima para los vivos.
Sólo quiero mi conciencia y espíritu libres. No te asustes mamá, tu sabes que te estaré esperando siempre a las 5 p.m. en la puerta de la iglesia, aunque no lo recuerdes, aunque lo olvides.
Sólo tuvo la dicha de vivir cinco días sin poder articular siquiera la palabra ma-má. Su corazón había crecido el doble y su diminuto pecho era demasiado frágil para un corazón tan grande. Murió el 4 de abril sin ser bautizado y sólo fue nombrado Jesús por las enfermeras del hospital.
Sólo recuerdo que antes de entrar al panteón mamá me habló y me dijo que me acercara. El pequeño monkey, porque así solíamos llamarlo de cariño antes de su nacimiento; estaba inmóvil, con sus pequeños párpados relajados y el más relajado semblante libre de toda repulsión humana. Fuera de esa imagen casi celestial, sólo recuerdo cómo los abanicos rojos de las coronas que adornan las fosas de los muertos se arrastraban con el aire.
He pensado detenidamente en mi hermano y cada que paso por el panteón sufro al saber que parte de su cuerpo fue consumido por gusanos. Que por las noches sus huesitos tal vez tienen frío ahí, bajo la tierra, envuelto entre ropa blanca y un cajón de madera.
Cuando yo muera ni siquiera quiero estar en un cajón. No importa cómo muera, porque todas las formas de morir son crueles y no precisamente porque nuestro espíritu se despoje de materia, sino porque la pérdida y la aproximación del olvido y del recuerdo están ahí.
Si mi espiritu llegara a ser tangible me gustaria que lo tomaran con delicadeza y le hablarán como si fuera un pequeño niño, que lo hagan sentir protegido. Que lo envuelvan en una ligera tela y lo dejen libre entre el canto de las aves, el aroma de la tierra húmeda y la fresca resina de los pinos. Y volaré entre ellos y con ellos, respiraré su aroma y me respirarán, me alimentaré con ellos y de ellos.
No quiero que la gente abrace a mi mamá para darle el pésame por la pérdida de su hija, no quiero que mi mamá llore y repita la palabra hubiera a cada momento ni que me haga rituales religiosos y me comprometa con el hijo de Dios. Quiero que tomen mi cuerpo y lo quemen, lo tiren a la basura o a cualquier lugar donde pueda distribuirse con facilidad. No quiero ser un bulto de huesos bajo la tierra, alimento de gusanos, motivo de morbo para jóvenes curiosos y causa de lástima para los vivos.
Sólo quiero mi conciencia y espíritu libres. No te asustes mamá, tu sabes que te estaré esperando siempre a las 5 p.m. en la puerta de la iglesia, aunque no lo recuerdes, aunque lo olvides.
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